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Dosis de vida en Santa Bárbara por Cynthia Gudiño

Dosis de vida en Santa Bárbara por Cynthia Gudiño

Después de un montón de horas de viaje matando el tiempo viendo películas en las pantallas de un avión, ayudando a personas de China a llenar el formulario de aduana sin estar segura de cuál es su nombre y cuál es su apellido; llegas a un aeropuerto en LA, demasiado grande, repleto de gente y después de buscar entre la multitud encuentras al personal de EF y conoces a todas las otras personas que han llegado al mismo tiempo que tú.

El camino hacia el instituto está lleno de rostros emocionados o cansados, bocas hablando todo el tiempo, sonriendo; y ojos moviéndose de un lado a otro, tratando de atraparlo todo. Llegas al sitio en el que te vas a quedar en Santa Bárbara, una hermosa casa: con un jardín lleno de flores y un montón de libros en el interior. Te encanta. Tienes en el cuarto, al menos, cuatro idiomas diferentes.

Los días en las clases pasan rapidísimo, sin darte cuenta ya has conocido un millón de lugares y de personas. Vas a Hollywood sing, Malibu, Universal Studios, San Francisco; quieres visitarlos de nuevo, pero te faltan aún más lugares por conocer.

 

Santa Bárbara es eso, quedarte sin tiempo, perder los buses, enamorarte de los atardeceres; caminar hasta que ya no tienes fuerza para seguir moviéndote, pero tienes muchas ganas para llegar a la cima de una loma y ver el paisaje asombroso de toda la ciudad. Es enamorarte de los lugares y de las personas, para que luego, de repente, cuando menos te das cuenta, ya has visto la última noche de luna en ese lugar.

De mi viaje, no dejo nada, me quedo con todo. Con las pérdidas del bus para ir al instituto y para regresar a la casa solo por quedarte en la playa un rato más, me quedo con las equivocaciones de bus cuando queríamos ir a jugar bolos y no sabíamos cuál tomar de regreso.

Me quedo también (y para no perder la costumbre) con los letreros de “Isla Vista” escritos en una hoja encontrada afortunadamente en cualquier lugar, mostrados a los conductores de autos con el fin de que alguien se anime a llevarnos. Me volvería a equivocar de bus y a perderlos todos una y otra vez, porque si algo tengo claro es que gastaría hasta el último centavo en salir a conocer el mundo.

 

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